Nació de la sorpresa, su emoción contagiosa.
Mirada en blanco, color aceituna sin lo verde.
Paredes ornamentadas, calles llenas de billetes.
Mercader a la orden del día, sútil catador de inmundicia.
Palabras dulzonas, llenas de intención perpetua.
La voz de la locura, de la chance y la lujuria.
Imágenes para alimentar el fuego del juego.
Las heridas, aunque de naturaleza distinta, sangraban con cada latir.
Cables y tornillos eran los mediadores.
Una triste realidad se coqueteaba con un triste loco.
Miles de pasos separaban ese crisol, la suerte.
El vahos del ayer se disipaba lentamente.
Su porte era el correcto.
El dinero o el “estatus” nunca fueron el por qué.
Un ágil intelecto y diez kilos de similitudes.
Jugar a la guerra con bolsas de papel.
Impaciente el árbol la demoró.
Fugaz su juicio, aún más su retirada.
Cohete espacial rojo de bandera…
Una mirada, con poncho y sombrero su cara.
Una lengua muerta, su idioma.
El honor de la belleza lo dejó plantado.
Temor infundida, sus planes castrados.
En aquel museo de la nostalgia quedó la pasión.
La intriga.
El todo.
Barco naufragado, más no hundido.
Limites se levantaron, cejas en alto.
La belleza dejó de buscar explicaciones.
Todos los traidores terminan en la tabla.
Los tiburones siempre son los ganadores.
Escrito originalmente el día 11 de Mayo del año 2018.

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