En un mar de piernas mi reflejo se pierde.
Mi cuerpo descansa en un peldaño enojado.
Detrás de mi un cristal, frente a mi cientos de rostros grises.
Todas las pantallas sonríen a la caras acaloradas.
Mi pelaje piensa en mi, a cientos de kilómetros de historias.
La locura colectiva inyecta una juventud artificial a sus víctimas.
Los recuerdos caminan por estas veredas, yo solo puedo mirar.
Todos son fantasmas con antorchas en la mano.
Nadie conoce las siglas del dolor.
Nadie reconoce las iniciales de la locura.
Todos saben el idioma del día a día.
Todos conocerán el dulce beso del silencio eterno.
El cemento es sabio, conoce a todos.
Ojos perdidos buscan entretenimiento.
Corazones pútridos buscan compasión.
Tantos colores y tan poca sustancia.
El firmamento está abierto a ideas.
Nuestro corral está en constante actividad.
Nuestros cuidadores son tan etéreos como el amor.
Tantas burbujas y yo sin ningún alfiler.
¿Será que los mares aún sienten orgullo de nosotros?
¿Seguimos en la gloria de nuestra corona?
¿Cómo se supone que soportemos todo esto?
¿Alguien más puede ver esa gran guadaña en el cielo?
Las palabras de los sordos caen en labios cerrados.
La música de los mudos caen en la vista cegada.
Los huesos crujen, por ahora indoloros.
¿Qué tan larga debe ser la soga?
Escrito originalmente el día 21 de diciembre del año 2017.

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