Una locura blanca inunda mis ventanas.
Los temblores marcan el ritmo de la madrugada.
Tardía fue mi estadía, perezosa mi prosa.
La oscuridad era la custodia de mi tranquilidad.
Los tormentos de mis lamentos no existen, puesto que nadie los alcanza a escuchar. El viento me acosa y me dice cosas, un inoportuno visitante que porta un traje de madera… no lo pienso, no entrará.
Siento mucha pena por las plantas. Sus inocentes rostros se llenan de lágrimas saladas por culpa de los pecados de otros, ajena es la culpa pero su tormento es algo únicamente de los penitentes, como ellas.
Los pasillos del castillo son anexos a otros mundos, realidades, y existencias. Mis pisos, abrigados por alfombras, me aterran. Durante noches, como estas, les gusta cantar canciones llenas de tacos y dedos.
Pero todo tiene un fin, y la madrugada pronto terminará, llevándose todas estas locuras. Los cuadros, espejos macabros por el momento, adornan las tétricas paredes. Mi refugio de los elementos esta rodeado de árboles, los espectadores de madera… ellos están en una cruzada por y para la justicia, buscan venganza por sus amigos, enemigos, y familia.
Mis memorias se marcharon hace mucho, no les gusta la lluvia y menos las tormentas tan cargadas de ironía como estas.
Cientos de kilómetros me separan de cualquier alma o ser humano pero aún así siento en mi piel todas sus palabras, sus miradas lamen mi oreja. Años atrás podía dormir con los ojos cerrados, hoy ni con sedantes podría cerrar los ojos por más de diez minutos sin perder mi débil cordura. Triste es el lamento del corazón garabato, mi pecho es una caldera pestilente que solo conoce de armonía y silencio. La última carta danza en el buzón, resguardada en las entrañas del mensajero. Se congela mi pulso al pensar en los horrores que habitan en el invernadero, y, ni siquiera con tantos metros de concreto, puedo ignorar los ruidos de la puerta principal. Sus lloriqueos son de la fuerza, ningún ser humano posee la fuerza para hacer tal abuso del acero y madera.
Mi posible destino no me asusta, la realización de que mi santuario sea profanado es el horror para mi ser.
Tal vez, algún día, mi recuerdo se reencuentre con la vida, yo… mi sospecha.
Mis libros empezaron a sonreír, me observan picarezcamente. Mi pluma toma vuelo y siento que levito, ¿Quién cuidará mis plantas?, ¿Es realmente el final de mi santuario?, me niego a creer la realidad. Una luz perfora mi ojo, pero no puedo moverme, el cosmos en mi mirada.
Escrito originalmente el día 14 de Enero del año 2018.

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