El sol se asoma muy tímidamente, casi a la misma velocidad que ella abre sus ojos. Cansadora tarea que concluye con un largo bostezo. Sus sábanas ceden el paso a sus piernas, las cuales rivalizan en su suavidad a cualquier seda. Sus pies tocan con temor la alfombra buscando torpemente las pantuflas. Curiosamente estas están escondidas debajo de la cama, tales conejos en su madriguera. Un suspiro de enojo tiñe el silencio del cuarto, prontamente los dos piecitos son acompañados por un par de rodillas y manos. No hay escapatoria alguna, las pantuflas con forma de conejo son atrapadas por un largo brazo. Las persianas se levantan para dejar entrar aquella deliciosa luz que ahora la baña y la salpica de gloria. Su cuerpo se desliza por dentro de la ropa, camisa blanca, saco abierto y pollera segura. No es la más linda del complejo pero si la más envidiada.
Luego de unos minutos en el subterráneo se baja en su estación, un rumor de deseo recorre sus piernas como una serpiente que le trepa por el tobillo. Sube las escaleras y finalmente lo ve…
Un edificio de más de veinte pisos, ventanas por doquier, grandes puertas de acero, una gota de modernismo urbano… su trabajo.
Siempre siente esa seguridad al salir y entrar por las inmensas puertas de aquella mole.
El lugar perfecto y fantasía de tantos largos años de pañales llenos y noches vacías; tantos secretos profesionales han de ser ilegales en una frutilla tan dulce, tan exótica, y única.
Ella triunfó donde los números fallaron.
Escrito originalmente el día 25 de Enero, 2018.

Deja un comentario